Un hombre de ochenta años desaparece el 30 de junio. Nadie lo ve durante un mes y medio: ni su familia, ni sus sacerdotes, ni la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que llega a pedirle a la Corte que amplíe las medidas de protección porque, dada su edad y su salud, el riesgo es "extremo, urgente e irreparable". Y entonces, justo cuando la presión aprieta, monseñor Juan Abelardo Mata reaparece. No libre, no en su parroquia, no rodeado de los suyos. Reaparece en una pantalla, sentado junto a un vocero del oficialismo, filmado en una propiedad que es la suya, respondiendo preguntas con una calma que el Estado presenta como normalidad.
El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo llamó a eso una "prueba de vida". Conviene detenerse en la expresión, porque dice más de lo que pretende. Uno no exige pruebas de vida de las personas libres. Se piden de los secuestrados. La frase con que el poder quiso tranquilizar al mundo es, sin querer, la confesión completa: durante mes y medio hubo un hombre del que no se sabía si vivía, y el único que podía responder era quien lo tenía escondido.
Así que la pregunta no es la que el video quiere sembrar —¿ven, no está tan mal?—. La pregunta verdadera es otra, y es incómoda: ¿por qué un Estado que gobierna un país entero, que controla la policía y los tribunales y los canales, necesita sentar a un obispo de ochenta años frente a una cámara para que hable en su nombre? ¿Qué le hace falta al que tiene toda la fuerza, que no puede tomar por la fuerza?
Lo que le hace falta es exactamente lo que no puede confiscar. Puede desterrar cuerpos: el informe *Fe bajo fuego*, del Colectivo Nicaragua Nunca Más, cuenta al menos 261 religiosos forzados al exilio desde 2018, y la investigadora Martha Patricia Molina eleva la cuenta de expulsados, desterrados y exiliados a más de trescientos. Puede cerrar templos, vigilar homilías, confiscar bienes. Todo eso es materia, y sobre la materia el poder concentrado manda sin estorbo. Lo que no puede tomar es la palabra dada libremente. Y por eso, cuando la necesita, tiene que ponerla en escena.
Una entrevista bajo custodia no es un testimonio. Es un guion. El que pregunta no busca la verdad; la administra. El que responde no habla; lee, aunque no haya papel a la vista, porque el papel está en la conciencia de que cualquier palabra fuera del libreto se paga afuera de cámara. Molina lo dijo sin rodeos: es costumbre de esta dictadura causarle el mayor daño posible a los sacerdotes. El daño mayor, a veces, no es la celda. Es obligar a un pastor a prestar su rostro a quienes lo apresaron, a que su prestigio de tres décadas al frente de Estelí sirva de aval a la mano que lo tiene preso. Se le pide que sea, contra sí mismo, el mejor testigo de su propio cautiverio.
Hay que ver la maniobra por dentro, porque ahí está lo que revela. El poder que exhibe a su prisionero cree estar mostrando fuerza, y muestra su herida. Un régimen seguro de sí no esconde a un anciano seis semanas ni lo saca a producir declaraciones cuando la CIDH levanta la voz y un senador extranjero exige una prueba de vida independiente. Un régimen seguro no le teme a la oración de un obispo —porque Mata fue detenido, recordémoslo, después de pedir públicamente que se rezara por la Iglesia de Nicaragua—. El que teme a una plegaria ya ha admitido de qué lado está la debilidad. La entrevista no es un acto de dominio. Es un acto de necesidad, y la necesidad delata al fuerte.
De ahí que la mentira no funcione, aunque la técnica sea impecable. El video quiere probar que el obispo está bien y termina probando que el Estado lo tiene. Quiere sugerir libertad y solo puede ofrecer custodia. Quiere clausurar la pregunta y la deja más abierta que nunca: si de veras está libre, que camine solo hasta un lugar que el régimen no controle, que hable ante testigos que no dependan del poder, que responda a quien no le administre las preguntas. No lo hará, y todos saben por qué. Una prueba de vida que solo el captor puede ofrecer no prueba la vida: prueba el cautiverio.
Al final, lo que este episodio deja al descubierto no es la suerte de un hombre, con ser grave, sino algo sobre el poder mismo. El que manda sin freno cree que basta con apoderarse de todo —el cuerpo, la casa, la cámara, hasta las palabras— y descubre que hay una cosa que sigue afuera de su alcance, y que su propio esfuerzo por fabricarla la señala: la voz que no fue dada libremente no vale, y él lo sabe. Puede tener a monseñor Mata. No puede tener su consentimiento, y por eso tiene que simularlo. Mientras un solo hombre distinga entre lo que dice bajo custodia y lo que cree en su fuero, ningún régimen es del todo dueño de su país. Esa distinción es el único tribunal que ningún Estado ha logrado clausurar, por más obispos que esconda. Y es, precisamente, el tribunal ante el cual este video acaba de declararse culpable.
